Corazón de León

  • 4 de Mar, de 2021

La parashá de esta semana nos presenta dos episodios “fuertes”: el relato acerca Yosef y sus hermanos y el relato acerca de Tamar y Yehudá. Ambos quedaron registrados en nuestra memoria dado su alto grado de dramatismo, sin embargo, no siempre recordamos que un relato está entretejido en medio del otro.

La historia de Tamar y Yehudá interrumpe de manera inesperada la secuencia de los acontecimientos en torno a Iosef. Queda claro que este receso en el relato no es un intervalo literario, sino una insinuación de un mensaje más profundo.

El midrash nos brinda una línea de probable respuesta “y enviaron la túnica de muchos colores y la llevaron a su padre, y dijeron: Encontramos esto; te rogamos que lo examines para ver si es la túnica de tu hijo o no” (Gén. 37:32).

Dijo Rabí Yojanán, le dijo el Santo Bendito a Yehudá: tú le has dicho a tu padre “te rogamos que lo examines para ver “, así te dirán a ti “Te ruego que examines y veas” (Gén. 38: 35)” (Bereshit  Rabá 24).

Así como los hijos de Iaakov enviaron la túnica de rayas y pidieron a su padre que la reconozca así Tamar envía a Yehudá la prenda que le había dejado diciéndole: “Del hombre a quien pertenecen estas cosas estoy encinta. Y añadió: Te ruego que examines y veas de quién es este sello, este cordón y este báculo” (Gén. 38:25).

Parecería que la amarga suerte de Yehudá que debe elaborar el duelo por su mujer y por sus hijos uno tras otros, está relacionada de alguna manera a su participación y conducción en el terrible acto de la venta de Yosef “Sucedió por aquel tiempo que Judá se separó de sus hermanos, y visitó a un adulamita llamado Hira” (Gén. 38:1), el rabino Shimshón Rafael Hirsch interpreta que Yehudá se había alejado de sus hermanos “aquí hay un símbolo  de la tensión y el desmembramiento que estalló entre los hermanos a consecuencia de lo hecho a Iosef, esta tensión fue dirigida sobre Yehudá en especial, quien parece que era el de mayor influencia sobre todos y bajo su conducción aconteció el triste episodio”.

Yehudá desciende de su status de líder entre los hermanos. La acción de los hermanos, y de Yehudá como figura conductora, es un descenso moral, la mayor degradación y deshonra.

Puede ser que exista otra línea de similitud entre los personajes, y  es la valentía y la fuerza espiritual que éstos demuestran. Tanto Tamar como Yosef descubren su fortaleza en su soledad. Iosef se sobrepone y enfrenta a la tentación de la mujer de Potifar. Su conducta es asombrosa. Un esclavo extranjero, solo y carente de derechos se atreve a desafiar y negarse al deseo de la ama.
Tamar, una mujer sola, doblemente viuda, no sólo se atreve a desafiar a su suegro  sino que este es el jefe de la tribu, la cúspide de la pirámide patriarcal, sobre el que descansa todo el orden social.  Una mujer, solitaria, carente de derechos que fue desposeída de todo.

 

CORAZÓN DE LEÓN. Ilustracion de Nora Kimelman
CORAZÓN DE LEÓN. Ilustracion de Nora Kimelman

 

Ambos, Iosef y Tamar, revelan fuerzas espirituales inmensas, uno en la abstención, la otra en la iniciativa y la acción.

Tamar, como otras mujeres de la Biblia, utiliza la seducción  para conseguir su objetivo, como Ester delante de Ajashverosh, como Rut ante Boaz, pero Tamar a diferencia de ambas actúa desde un lugar de profunda soledad, sino de profunda desesperación. No tiene “equipo”, sin Mordejai y sin Noemí. Está sola. Ante lo cual resuenan aún más las palabras de Yehudá: “Ella es más justa que yo” (Gén., 38:26), no solo que tiene razón que está embarazada de Yehudá sino que  Judá reconoce que él no fue justo, al no entregarle a su hijo Shelá. Es justa en el sentido que la justicia está con ella.

Tamar que está a punto de ser quemada en la hoguera sabe que está en lo justo y envía las pruebas a su suegro. No desiste. Su ánimo no cae. Así lo dice el exégeta Sforno “que no cejó su corazón de esforzarse por demostrar su inocencia, a pesar que iban a quemarla, porque su corazón era como el de un león”. Corazón de león hace falta para perseguir la justicia. Corazón de león hace falta para actuar en contra de las convenciones sociales e interpretar la palabra de Dios en su verdad eterna. No tendenciosamente, sin distorsiones, sin intereses personales o grupales, a fin de traer una luz de humanidad a nuestro mundo.

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